LA VIDA COTIDIANA EN MADRID DURANTE LA GUERRA CIVIL, 1936-1939

El abastecimiento.

El atuendo.

La mujer.

La calle.

Situación sanitaria.

Religión.

Cultura y espectáculos.

La familia, el matrimonio y la vida sexual.

El fin de la guerra.

Bibliografía utilizada.

Bibliografía recomendada.

 

EL ABASTECIMIENTO

El abastecimiento fue uno de los mayores problemas del Madrid de la guerra civil. Madrid permaneció sitiada durante más de dos años y en ese transcurso de tiempo la población vió como empezaban a escasear los productos de primera necesidad hasta llegar casi a desaparecer o a conseguirlos mediante receta médica.

El racionamiento de los alimentos se fue haciendo cotidiano para los madrileños desde los primeros meses de la guerra por lo que desde el principio se tuvieron que acostumbrar a largas colas delante de los establecimientos para conseguir comida, al mercado negro que surgió por la escasez de alimentos y contra el que las autoridades no podían luchar,a las subidas desorbitantes de los precios y a las cartillas de racionamiento, etc.

 

Ante este grave problema, las autoridades republicanas insistían que para paliar el problema de los abastecimientos era necesario la evacuación de la población de Madrid que, además, facilitaría la defensa de la ciudad. Sin embargo, contra lo que se pudiera pensar ante este panorama, la población madrileña se resistió a dejar la capital.

Llegaron a ser tan acuciantes los problemas de abastecimiento que las masas de la izquierda mundial se movilizaron a favor de los republicanos españoles. En Checoslovaquia se organizó una cotización de un franco por trabajador y por mes a favor de los combatientes del Frente Popular español; en Holanda se enviaron alimentos; en Noruega, el períodico Arbeiderbladet, de Oslo, patrocinó una suscripción que alcanzó buenos resultados; la C.G.T. de Bélgica promovió también suscripciones y aportaciones de víveres; de Inglaterra se enviaron tonelada y media de leche en polvo y seis cajones de ropa; Nueva Zelanda envió 2.000 libras esterlinas; los mineros ingleses compraron para sus compañeros republicanos españoles 2.000 toneladas de carbón; en París, las "Jornadas de las Amas de Casa" obtuvieron siete camiones de víveres; desde Copenhague mandaron 126 cajas de leche en polvo, 48 cajas de carne en conserva y 750 kilos de jabón.

Pese a estos ejemplos de ayuda exterior, lo cierto es que el abastecimiento en Madrid fue muy duro durante toda la guerra, aunque en puntuales momentos se diera una alegría a la población madrileña con una bajada de precios o con la noticia de una ración extra, pero esto sucedió en meses contados durante la contienda.

La escasez de productos de primera necesidad (en un primer momento, y de todo tipo de productos como tabaco, leña, gasolina, etc., a finales de la guerra), su precaria y enmarañada distribución (falta de transportes y conflictos organizativos entre múltiples entidades que trataron de llevar la iniciativa) y con ello el racionamiento, la desorbitada subida de precios, el acaparamiento de víveres, la especulación y el mercado negro, fueron las variables, acentuadas en el tiempo, de tan trágico panorama. La crisis de subsistencia evolucionó de forma diversa durante la guerra en el contexto de las operaciones militares y tuvo diferentes grados de incidencia en el territorio republicano.

El sistema generalizado de suministro en los momentos iniciales fue la utilización de vales, repartidos por partidos y sindicatos y canjeados en tiendas y comercios por artículos de primera necesidad.

En Madrid, el Ayuntamiento emitió vales (0,50 ptas.) y los distribuyó entre la población a través de partidos y sindicatos. Durante julio y agosto de 1936 las existencias fueron suficientes; los particulares, comerciantes e industriales y organizaciones políticas y sindicales se apresuraron a acopiar productos; más tarde, con el comienzo de la escasez, la críticas se centrarían en el temor de despilfarro, el caos organizativo y el acaparamiento.

La organización del abastecimiento. En Madrid con la actividad de gran pluralidad de organismos (comités, ayuntamientos,...) se solaparon funciones en un intento de controlar los abastos y entraron en frecuentes conflictos de competencia. El Comité Popular de Abastos (representando a la organización del Frente Popular) propugnó con el Ayuntamiento la centralización del abastecimiento entre julio y octubre; solventado coyunturalmente con la creación por orden gubernamental de la Comisión Provincial de Abastecimientos, el enfrentamiento surgió esta vez entre el nuevo organismo y la Consejería de Abastecimientos de la Junta de Defensa de Madrid, nacida en los momentos críticos del asedio a la ciudad; en mayo de 1937 nuevamente la corporación municipal se encargó del asunto.

La falta de víveres en la retaguardia republicana fue un fenómeno generalizado. Los primeros síntomas de escasez empezaron en septiembre y octubre de 1936 en productos como el trigo, la carne, y el carbón. Un alimento básico, como el pan, comenzó a faltar de forma alarmante en los primeros meses de 1937 y en marzo se llegó al racionamiento en Madrid.

Para el abastecimiento de Madrid se habían tomado medidas como la intervención del trigo de las provincias limítrofes y de Ciudad Real. El racionamiento de pan se fijó en exiguas cantidades que oscilaron entre 50 y 150 gramos, cuando se pudo disponer de este alimento. El resto de productos de primera necesidad empezó a escasear a fines de 1936, se agravó en 1937 y se extremó al año siguiente. La base de la alimentación consistió en arroz, algunas legumbres como lentejas, aceite, etc. También verduras, hortalizas y otros productos como alfalfa, bellotas, etc., y a medida que fueron escaseando la sociedad recurrió a sustancias insospechadas, sacando partido a todo tipo de hierbas, cardos borriqueros, mondas de naranja o elaboración de tortillas sin huevo.

El racionamiento se puso en marcha en Madrid en noviembre de 1936. Las autoridades marcaban cantidades por persona y día. Un ejemplo de este racionamiento lo tenemos el 9 de diciembre en que salió en los periódicos la orden de la Junta de Defensa sobre las cantidades que a partir de ese día correspondían a cada persona civil en la capital:

Cada día

Leche

Pan

Carne

Tocino

Frutas

Sopa

Patatas

Legumbres

1/4 litro.

500 gramos.

100 gramos.

25 gramos.

500 gramos.

50 gramos

250 gramos.

100 gramos.

Tres veces a la semana

Pescado

Arroz

Azúcar

Huevos

200 gramos

100 gramos

50 gramos

2 unidades

Una vez a la semana

Aceite

Café

Carbón

Jabón

Queso

Bacalao

Leche condensada

Fiambres

Conservas de carne o pescado

Conservas vegetales

medio litro.

50 gramos.

3 kg.

400 gramos.

100 kg.

100 gramos.

1 bote.

100 gramos.

250 gramos.

500 gramos.

Lógicamente, con el paso de la guerra, los alimentos y las cantidades fueron reduciéndose. Así en el año 38, el racionamiento consistió en pequeñas cantidades de lentejas, arroz y aceite. Se arbitraron diversos créditos y compras por el Gobierno para abastecer Madrid, además de las importaciones del Ministerio de Comercio. El Ayuntamiento de Madrid y las organizaciones políticas y sindicales junto a entidades de beneficencia, constituyeron otros canales de aprovisionamiento.

Se crearon comedores colectivos para paliar un poco el hambre de los madrileños. Pero pronto surgieron problemas porque había personas que se aprovechaban y consumían dos raciones al día en lugar de una, mientras otras muchas se estaban muriendo de hambre.

Por otro lado, el control de los precios y la represión del fraude se convirtió en una de las preocupaciones de los gobernantes. Sin embargo, el almacenamiento y ocultación de víveres con fines especulativos y el consiguiente fraude de precios desembocaron en un abusivo mercado negro donde los precios de artículos de consumo adquirieron cifras desorbitadas.

Por lo que respecta al fraude, los comerciantes eran los que más se aprovechaban de la situación: guardaban alimentos sin vender hasta que escaseaban para después venderlos a precios exagerados, o también algunas tiendas tenían otro método para enriquecerse, como era obligar a las clientas a llevarse otro producto además del que querían comprar. Mientras más empeoraban los abastecimientos más fraude había: por ejemplo, si los tomates se pagaban en agosto de 1937 en Valencia a 0,20 el kilo, en las tiendas madrileñas se vendían a 2,40.

Las autoridades intentaban controlar la situación fijando unos precios oficiales que procuraban mantenerse en unos límites correctos, aunque rara vez se parecían a los precios auténticos, a lo que se pagaba en el mercado realmente. Como ejemplo de esto, dos listas de precios del mes de septiembre de 1937 y del mes de mayo de 1938, en los que se puede observar una ligera subida de precios en el año 38 con respecto al año anterior.

SEPTIEMBRE DE 1937 MAYO DE 1938

Aceite

Alubias

Arroz

Bacalao

Café

Carbón (2 Kgrs.)

Huevos (12)

Leche condensada (1 bote)

Leche fresca

Lentejas

Pan

Patatas

Tocino

Carne de vaca

Jabón

2,20 pts./litro

1,50 pts./kilo

1,05 pts./kilo

3,10 pts./kilo

12,50pts./kilo

0,65 céntimos

3,75 pts.

1,80 pts.

0,80 cént./litro

1,35 pts./kilo

0,70 pts./kilo

0,50 cént./kilo

4 pts./kilo

5,75 pts./kilo

1,70 pts /kilo

Aceite

Alubias

Arroz

Bacalao

Café

Carbón (2 Kgrs.)

Huevos (12)

Leche condensada (1 bote)

Leche fresca

Lentejas

Pan

Patatas

Tocino

Carne de vaca

Jabón

2,80 pts /litro

2,20 pts /kilo

1,50 pts /kilo

5 pts /kilo

18 pts /kilo

1 pts /kilo

8 pts. /kilo

2,30 pts

1,10 pts /litro

1,70 pts /kilo

1 pta.

0,70 pts /kilo

5 pts /kilo

9 pts /kilo

2,60 pts /kilo

Esta comparación de precios nos demuestra lo anteriormente dicho: que el año 38 fue uno de los peores años para el abastecimiento en Madrid. Los casos de falsificación de documentos para conseguir los alimentos en los que era necesario receta médica (azúcar, leche principalmente) destinados a niños, enfermos, ancianos o embarazadas, si bien fueron constantes durante la guerra, a partir del año 38 se multiplicaron.

Con la necesidad sale a relucir la picaresca: la gente se hacía pasar por enferma, se inventaban familias inexistentes o se utilizaba el nombre de familias que ya no vivían en la ciudad, o bien porque habían muerto o porque habían sido evacuadas de Madrid hacia otros destinos.

foto19a.JPG (48536 bytes)Llegó a ser tal el problema de los abastecimientos y el racionamiento en Madrid, que a los madrileños ya no les importaba el transcurso de la guerra cuando miraban un periódico, tanto como sí venia alguna noticia acerca de reparto de comida. Llegó a ser tal la desesperación que muchos madrileños desearon la entrada de Franco en la ciudad si eso significaba el fin del hambre que estaban pasando.

En este sentido, Franco tenía la guerra ganada desde el principio ya que en la zona nacional estaban situadas las principales zonas agrícolas, mientras que en la zona republicana quedó situada la industria. Por lo que la zona franquista no tuvo carencias alimentarias y los precios se mantuvieron estables, dentro de lo que una guerra puede permitir.

Anuncios como los siguientes eran normales en la prensa madrileña: " Hoy habrá carne en abundancia" publicado en la prensa madrileña el 17 de septiembre de 1936. Además, añadía: "Damos la agradable noticia de que ayer se han sacrificado 350 vacas y unos 1000 corderos, que es, aproximadamente, la cantidad normal de consumo". Otro anuncio es el que aparece en mayo de 1938: " ¡Reparto de jamón!" , 50 gramos por persona a 1 peseta la ración, es decir, bastante asequible. Además dos días más tarde se verificó el reparto de carne congelada, a 100 gramos por persona y a 9 pesetas el kilogramo. Pero pese a estas puntuales buenas noticias el panorama no era muy esperanzador en los últimos meses de la guerra en los que en Madrid faltaba ya casi todo: gasolina, leña, papel e incluso llegó a haber una cartilla del fumador, a fin de racionar el tabaco que se repartía en toda la zona.

A principios del año 39 el problema del abastecimiento llegó a rayar en tragedia. En cifras el resultado fue el siguiente: los madrileños estaban recibiendo una media diaria de 800 a 900 calorías. Los niños madrileños estaban criándose con una alimentación totalmente insuficiente y los enfermos no tenían muchas veces las medicinas que necesitaban.

EL ATUENDO

Es lo que más rápidamente cambió en las dos Españas a partir de julio de 1936. El aspecto exterior de la gente fue inmediatamente distinto del de unos días antes. Los ciudadanos que se atrevían a salir a la calle lo hicieron procurando vestir de forma que no ofendiese a los nuevos dueños de la situación.

En la zona republicana la primera víctima de la depuración en el vestir fue el sombrero. Hoy puede ser difícil de comprender como una prenda inofensiva podía tener carácter subversivo, pero es que en aquel entonces el sombrero era signo de clase burguesa y el que lo llevaba se distinguía fácilmente en la calle del obrero manual, que usaba gorra o boina. La segunda prenda que se llevó la ola revolucionaria fue la corbata, por las mismas razones que la anterior. Los obreros solamente se la ponían en circunstancias tan extraordinarias como un bautizo o una boda, para acercarse aunque solo fuera en apariencia a las clases altas. Igualmente desaparecieron las joyas que hombres y mujeres llevaban normalmente sobre sí. En plena revolución social, cualquier exhibición de alhajas significaba animar al obrero armado a requisarlas, palabra típica de la época. La ocultación de adornos era mucho más urgente si esas joyas, como ocurría normalmente, tenían alguna relación con la religión.

En cuanto a la ropa para cubrir el cuerpo, dado que el triunfo de las fuerzas de izquierda representaba el del proletariado, lo que se puso de moda inmediatamente fue su atavío característico, es decir, el "mono" azul de su trabajo, que de ropa indicada para el taller y la fábrica pasó a convertirse en algo apto para calle, plaza, salón y cafés. Este conjunto se convirtió en un símbolo de la República, hasta tal punto que su revista literaria más conocida se llamó así: El mono azul. Ese estilo era ya más difícil de imitar por los burgueses porque el cambio de aspecto hubiera resultado tan claro como sospechoso.

El traje revolucionario se debía terminar en la alpargata, calzado que caracterizaba tanto al obrero español antes de la guerra civil que bastaba su mención para que se supiera su origen social. Esto sucedió al principio de la guerra, luego hubo que adoptar el calzado y se usó el zapato o bota militar.

En cuanto a las mujeres, las que no vestían el mono azul, vestían muy seriamente para no despertar iras. Pero ellas buscaban su femineidad que no era compatible con el ambiente de guerra. A lo largo de la guerra, las mujeres fueron cambiando su aspecto y fueron sacando de sus armarios sus mejores vestidos y zapatos (de tacón).

LA MUJER

Si algo cambió sustancialmente con el estallido de la guerra civil fue la imagen de la mujer, aunque no fuera un cambio sustancial sí fue lo suficientemente importante como para destacarlo.

La imagen de la mujer y su representación adquirió dimensiones nuevas como se ve en los carteles de propaganda de la época. Presentan la imagen innovadora de la muchacha joven, miliciana guapa, vestida de mono cargando un fusil que marcha con paso decidido a los frentes de guerra. Junto con esta contrasta la tradicional representación de la mujer madura, la madre defensora del hogar y de sus hijos que reclama la solidaridad antifascista y que insta a la participación en la lucha.

Es la mujer la que se arriesga a perder la vida al salir a la calle y esperar largas colas para conseguir algún alimento para su familia mientras bombardean la ciudad. Desde un primer momento las mujeres se movilizaron de forma masiva y rompieron con su tradicional aislamiento de la dinámica política. La guerra ensanchó los horizontes de la actividad femenina y abrió nuevos espacios de incidencia y actuación. Las mujeres aparecieron en la calle, solas, comprometidas en múltiples actividades que abarcaban la edificación de barricadas, el cuidado de los heridos, la organización de asistencia en retaguardia, la realización de servicios auxiliares de guerra, la formación cultural y profesional, el desarrollo de talleres de costura o el trabajo en las fábricas. La apertura de estos nuevos espacios para las mujeres no implicó necesariamente una ruptura con la tradicional división sexual del trabajo y su segregación ocupacional, ni tampoco significó forzosamente un cambio sustancial en la tradicional mentalidad con respecto a la mujer, su papel y su valor social. No obstante representó un escenario nuevo donde las mujeres reivindicaron presencia y protagonismo y veían su aportación como decisiva en la resistencia antifascista.

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LA CALLE

En Madrid, la Puerta del Sol, a pesar de la guerra, seguía siendo, en marzo de 1937, un microcosmos de la vida madrileña. Paletos, señoritas del barrio Salamanca, soldados, se confundían y todos quedaban en el mismo nivel social a la hora de correr y de refugiarse ante un bombardeo. Todos estaban acostumbrados al ruido de los cañones y las ametralladoras; la vida tenía exigencias ineludibles ya que había que salir cada día a trabajar, a hacer las inevitables colas para adquirir alimentos. El zumbido de los proyectiles rompía las filas, suspendía el andar de los viandantes, se buscaba refugio en el quicio de una puerta tirándose bruscamente de bruces, dando con el cuerpo en tierra. Después se reemprendia la marcha, aunque no todos. Algunos quedaban tendidos rotos, estampados sobre las paredes y los niños empezaban a jugar al escondite entre las ruinas. Eran juegos prohibidos que familiarizaban con la muerte, mientras que los adolescentes hacían la instrucción militar en los cuarteles de las Milicias. Otras veces los bombardeos se anuncian con sirenas y mucha gente huía a los sótanos.

Con el tiempo, gran parte de la gente fue perdiendo el miedo, y en contra de las repetidas instrucciones oficiales muchas personas cuando escuchaban sonar las sirenas en la madrugada se daban la vuelta en la cama y se disponían a seguir durmiendo mientras parte de la ciudad se desgajaba en pedazos.

En la guerra civil la vida cotidiana se transforma en muerte cotidiana. A los muertos por enfermedad o accidentes se sumaban las muertes propias de la violencia de la guerra, aparte de la del combate, la violencia de los llamados "paseos" que consistían en sacar del domicilio a alguien para lo que conllevaba un juicio previo generalmente parcial, precipitado o amañado, y todo por estar en la zona contraria a sus ideas. La proliferación de registros, en los que la declaración particular o la codicia de un enemigo personal era un motivo más corriente que la legítima sospecha sobre la ideología del inquilino, obligó al Ministerio de la Gobernación de Madrid a dictar medidas restrictivas de la tal práctica. Después de admitir la importancia de descubrir a personas desafectas al régimen y elogiar la eficacia de los grupos que a ello se dedicaban, añadía que "unas veces por exceso de celo y otros posibles errores ha producido molestias innecesarias para los fines que todos buscamos". El Estado formó las Milicias de Vigilancia de la Retaguardia y siendo los únicos autorizados a registrar las casas, de acuerdo con unas reglas estrictas: presenciado por el inquilino de la casa donde se practicase y, en ausencia del mismo, por el portero y otro vecino.

La guerra no sólo influyó en la destrucción material de las calles sino que también la ideología de los bandos afectó al cambio de nombres de muchas calles y plazas de Madrid. Así sucedió con la Cibeles, a la que llamaban, por los sacos terreros que la protegían, Plaza de la linda tapada; lo mismo ocurrió con Recoletos y el Prado, donde por estar ocultas las estatuas de los dioses con las pilas de los mismos sacos, se denominaron del Ocaso de los Dioses; así con la Plaza Neptuno, donde por la proximidad del Palace Hotel, donde residían los mejores camuflados de Madrid, se conocía como Plaza de los Emboscados. Se suprimieron las calles dedicadas a los reyes godos, Austrías o Borbones, rebautizándolas con nuevos nombres, por ejemplo: Avenida de Alcalá Zamora como Avenida de la Reforma Agraria.

SITUACIÓN SANITARIA

En Madrid al principio fue un caos, a la que siguió el modo más efectivo de solventarlo: la improvisación. Los más afectados por la guerra fueron las gentes que decidieron luchar en el frente. Aquí, las bajas eran enormes. Como consecuencia de dicha situación la organización de la Sanidad militar estuvo encomendada a profesionales competentes.

Una serie de innovaciones producidas en el ejército republicano durante el invierno de 1936-1937, afectaron no sólo en la Península sino también al exterior. Las innovaciones consistieron en el tratamiento de heridas y fracturas por cirugía inmediata; dar puntos en los labios de la herida; y proteger la parte afectada, y proporcionar descanso al paciente, mediante el uso extendido del yeso. Esto suponía que el cirujano acudía donde estaba el paciente, salvando muchas vidas. Una medida fundamental fue el uso de bancos de sangre en reserva, permitiendo la operación sin retrasos. Otra de las innovaciones fue el abandonar el cambio diario de vendajes y los antisépticos, tan temido por los heridos.

En Madrid perdidos los hospitales ubicados en su periferia, se potenciaron los creados en el interior de la villa, como el Hospital Obrero de Maudes. Mantuvieron su actividad las instalaciones hospitalarias de la Cruz Roja, los hospitales del Rey y la Princesa, el Provincial y el Clínico. En Madrid, la Cruz Roja constituyó equipos móviles de socorro que actuaron en ayuda de la población civil durante los bombardeos.

Las deficiencias en la alimentación, sobre todo, como consecuencia del asedio, ocasionó un generalizado y creciente deterioro en los abastecimientos que llevó a generar procesos clínicos de gravedad. Esto provocó el deterioro físico de la población, incapacitada para ejercer su profesión e impidiéndoles mantener a su familia.

Frente a riesgos epidémicos, sé impusó la vacuna contra el tifus; y contra la proliferación de parásitos fueron muchos los varones que se cortaron el pelo al rape. Le llamaron la moda de los "pelaos" y hasta se organizó un concurso para premiar al más agraciado.

El estado sanitario acusaba los efectos de la desnutrición, y el descuido de la higiene por la falta de detergentes. Las gentes, debilitadas, eran presas fácil de cualquier afección; las privaciones hacían estragos entre la gente mayor. Ciertas enfermedades como la sarna o la tiña se propagaron con gran rapidez por falta de higiene y aseo en la población civil y militar. Los parásitos, como consecuencia de la suciedad existente, proliferaban de forma alarmante.

Las condiciones económicas de las familias disminuían precipitadamente por el desmesurado coste del mercado negro. La necesidad de recurrir a él desmantelaba los presupuestos familiares. Y cundía la ausencia de ciertos artículos, imposibles de encontrar. El azúcar sólo pudo ser objeto de venta con receta y en determinados establecimientos; lo mismo pasó con el pescado que se vendía con receta o con el volante que se expidía a los donantes de sangre para los hospitales de campaña. Pero el principal producto para los enfermos, la leche, escaseo hasta el extremo de que muchos de los enfermos auténticos se quedaban sin su vital suministro porque otros enfermos fingidos, dotados de certificados, tenían preferencia. La falta de ropas y el empobrecimiento de muchos sectores de la población, afectados por la catastrófica anormalidad de las circunstancias, hacía que las epidemias se extendieran con gran ligereza, sin tener en cuenta ni la edad ni el sexo, ocasionando elevadas pérdidas humanas.

RELIGION

Había dos Iglesias en España durante la guerra civil, la Iglesia triunfante que era la que estaba en el lado nacional y la Iglesia perseguida que era la que estaba en territorio republicano. La primera fue no sólo la triunfante por estar en el territorio de los vencedores sino porque además los franquistas tenían una idea clara y conjunta de religión y patria. El apoyo del clero, fue importante como toma de posición política-ideológica, pero lo fue aún más por su significación, como fuerza espiritual que se asocia a un acto bélico y lo justifica. El fuego de la palabra fue percutor decisivo para inflamar la conciencia bélica y glorificar la contienda en el bando nacional. La Iglesia, achacaba a la influencia judeo-masónica el que la población civil descuidará la moral cristiana del "decoro y la honestidad".

El Gobierno dio autorización para que se fundieran las campanas de las iglesias y conventos a fin de emplear el metal en el blindaje de automóviles de turismo, autocares y camiones con destino a los frentes de combate. En Madrid la Iglesia fue perseguida muy duramente, asesinando a obispos y quemando templos. Esta reacción fue característica de los primeros meses de la guerra: luego las autoridades republicanas quisieron disimularlo un poco, sobre todo, de cara al exterior.

Como justificación para esas persecuciones, los republicanos decían que los curas luchaban contra el Gobierno, cosa que ni ellos se creían, aunque sí era cierto que incitaron o apoyaron la rebelión.

Las iras de los republicanos se dirigieron en primer lugar contra la Iglesia. Las iglesias y los conventos fueron saqueados e incendiados indiscriminadamente. La Iglesia no había participado en el alzamiento prácticamente en ningún sitio. Casi todas las historias que se contaron de rebeldes que disparaban desde los campanarios eran falsas, aunque quizás, a veces, los párrocos habían permitido a los falangistas almacenar armas en sus sacristías. La Iglesia fue atacada porque la religión se había convertido en la cuestión crítica de la política desde 1931, por la general subordinación de los sacerdotes a la clase alta, por la riqueza provocativa de muchas iglesias y las antiguas sospechas suscitadas por el carácter secreto de las órdenes religiosas y los conventos. Algunas iglesias y algunos conventos del centro de Madrid se libraron de la destrucción gracias al gobierno. Las irrupciones en los conventos solían ser algo terrorífico, con derrumbe de puertas en estruendo de tiros en el aire. Pero la destrucción de imágenes y objetos sagrados, o las mascaradas de los milicianos revestidos de ropas eclesiásticas, a menudo era acogida con grandes carcajadas. En adelante, las iglesias, tanto las destrozadas como las que todavía eran utilizables como almacén o refugio, estuvieron cerradas al igual que lo estaban las oficinas de los partidos políticos de derechas.

Estos ataques fueron acompañados por matanzas de miembros de la Iglesia y de la burguesía. Muchos de estos crímenes estuvieron acompañados de una frívola y sádica crueldad; como ejemplo, una monja en el convento de Nuestra Señora del Amparo, en Madrid, fue asesinada porque rechazó la proposición matrimonial que le hizo uno de los milicianos. Hubo casos aislados de monjas violadas antes de ser ejecutadas.

Los sacerdotes que no murieron ni huyeron al extranjero fueron considerados simplemente como hombres que habían escogido un oficio determinado, y no se les trataba de modo diferente, excepto, que no se les permitía ejercer ni llevar el uniforme de la sotana.

El número de muertos entre los seglares fue muy superior al de los eclesiásticos. Cualquiera de quien se sospechara que sentía simpatía hacía el alzamiento nacionalista estaba en peligro. Morían personas ilustres, y a menudo sobrevivían personas indignas.

En Madrid, donde los enemigos potenciales eran más numerosos, se utilizaron procedimientos más sofisticados. Los partidos políticos de izquierdas crearon unos cuerpos de investigación que se llamaban, siguiendo el modelo ruso, "checas". En Madrid, había varias docenas. La más temida en Madrid era la conocida con el nombre de la "patrulla del amanecer", por la hora en que llevaba a cabo sus actividades.

CULTURA Y ESPECTACULOS

punto05.JPG (3724 bytes) El intelectual, siempre había tenido fama de vivir en una torre de marfil, y de limitar su acción en los conflictos a sus escritos. La guerra de España hizo percibir que la tragedia que asolaba, sacudía las bases mismas de la sociedad y tocaba lo fundamental de la convivencia humana. Comprendieron que era el momento de pronunciarse; tenían que comprometerse.

Varios intelectuales optaron enseguida por un bando u otro y su adhesión fue total. En cuanto a los indecisos, no pudieron quedar en la neutralidad. Ni los acontecimientos ni los hombres les dejaban la posibilidad de escaparse a la realidad que les rodeaba. La mayor parte de los intelectuales tomaron parte por la República. En Madrid tuvo lugar un congreso de escritores antifascistas que tuvo una gran importancia, pues reunió a intelectuales de todos los países. Este grupo estaba afiliado a los Escritores Revolucionarios.

Las máximas figuras intelectuales proclamaron su honda preocupación frente al conflicto armado; como Unamuno, que se le apoderó una gran inquietud en los primeros meses de guerra por no saber a qué ideología aliarse. Por otra parte, poetas como Antonio Machado, Rafael Alberti, María Teresa León, Prados, etc. (los 3 últimos miembros del Partido Comunista) desplegaban una enorme actividad en alocuciones, preparando la evacuación de intelectuales y hombres de ciencia, esforzándose por salvar el tesoro artístico.

Tuvieron sus revistas para expresar sus opiniones bajo diferentes formas. La más conocida y de mayor prestigio fue "Hora de España" que se publicó desde 1937 hasta octubre de 1938. En sus páginas escribieron Antonio Machado, León Felipe, Dámaso Alonso, Emilio Prados, Luis Cernuda, etc. Su contenido era de un nivel muy alto, con comentarios políticos. También se publicó "El mono azul" de la Alianza de Intelectuales Antifascistas; ésta publicación animada por Rafael Alberti, pretendía llegar a los frentes como lucha moral antifascista.

Desde los primeros momentos se insertaron poemas en las publicaciones de los frentes, y "El Mono Azul" empezó a canalizar la producción. A los poetas profesionales se añadieron las voces populares, los poetas anónimos.

La vida cultural estuvo paralizada en los primeros meses de la lucha, pero continuó en marcha con sorprendentes actos de interés, como ejemplos la conferencia del doctor Plácido G. Duarte, sobre el tema "Cirugía del dolor", o la inauguración de una exposición de estampas de Francisco Mateos y de esculturas de Yepes.

Se cultivó la ciencia y se desarrollo la investigación científica; no sólo con las innovaciones en medicina sino con descubrimientos sobre la prehistoria, que se fomentaron en los años de guerra, por el profesor Pedro Bosch Gimpera.

Los monumentos, que podían ser dañados por los bombardeos de la aviación o la artillería, se recubrieron de sacos terreros. La Cibeles, Neptuno, desaparecieron, convirtiéndose en pirámides de sacos. Las cristalerías de valor de algunos edificios, las escalinatas de mármol de otros, todo, en la medida de lo posible fue defendido de la metralla, de la irracionalidad.

En el Museo del Prado, se embaló a toda prisa el tesoro pictórico que guardan estos muros. Todo bajo el control de la Dirección General de Bellas Artes, más de 10.000 cuadros, se envíaron el 11 de noviembre de 1936, al anochecer, a Valencia. Las grandes dimensiones de las Meninas de Velazquez, obligó a improvisar un curioso sistema de transporte, ya que el camión que tenía que transportar este cuadro no podía pasar, por la altura del lienzo, por el puente del Jarama; y mediante un ingenioso sistema de rodillos se salvó el puente.

Era muy cotidiano en el Madrid de la guerra civil la propaganda mural, hecha a partir de carteles llamativos, impresionantes, que llenaban paredes y muros. Las imágenes se convirtieron en alimento visual cotidiano destinado a fortalecer, a sostener un pueblo en lucha.

punto05.JPG (3724 bytes) Educación. Se consideraba que el hombre se salvaba a través de la cultura y se apreciaba de manera especial la de carácter popular. El PCE, fue el principal responsable de la política educativa y cultural del Frente Popular hasta 1938.

La incautación de todos los grandes colegios regentados por las órdenes religiosas significó el acceso de una infancia olvidada a instalaciones que hasta julio de 1936 había sido coto de unas clases privilegiadas. Muchas casas solariegas pertenecientes a personas huidas transformáronse también en recintos escolares.

Se crearon Milicias de la Cultura, destinadas a combatir el analfabetismo entre los combatientes. Se hizo una recluta voluntaria entre maestros y profesores para que impartieran entre las tropas las primeras nociones de la enseñanza elemental. Había un componente de adoctrinamiento ideológico, como se demuestra por la existencia de una cartilla popular antifascista para enseñar a leer.

La enseñanza de las primeras letras se complementaba con lecturas sencillas de revistas ilustradas, con charlas sobre temas de cultura elemental, con ayuda a la redacción de correspondencia con parientes.

También se crearon los Institutos Obreros, destinados a acoger a aquellos españoles entre los dieciocho y treinta y cinco años que no estuvieran luchando en el frente. El plan de estudios del Instituto comprendía las siguientes asignaturas: lengua, literatura española, francés, inglés, geografía, historia, economía, ciencias naturales, matemáticas, física, química y dibujo; que debían realizarse en dos años. A la enseñanza teórica se unía la práctica, la ejecución de trabajos de taller, y todo ello en régimen residencial, en convivencia con los profesores.

punto05.JPG (3724 bytes) Los periódicos que funcionaban en Madrid en 1937, sorteaban cada día más las numerosas dificultades que incidían en la vida de los madrileños; la mayoría de los periódicos sufrían la escasez de papel, y eran los siguientes: El Sol, La Voz, ABC, Ahora, Informaciones, El Socialista, La Libertad, El Liberal, Política, El Heraldo, Claridad y Mundo Obrero. Demasiados periódicos para una población que apenas excedía el medio millón de habitantes.

Los periódicos de barrio, en Madrid, incidían en las circunstancias de la vida, en las dificultades de aprovisionamiento, en la lucha contra el fascismo, en el drama de las colas, en el aumento de los precios. La prensa de retaguardia reflejaba con amargura los escabrosos problemas del vivir.

Para conseguir el resultado del impacto (quién disponía de la redacción de un periódico podía lanzar a la calle una hoja impresa pronto para la lectura y el comentario, se intentaba afianzar la actitud de los amigos), se impusieron desde el primer momento los grandes titulares, que a menudo cubrían el tercio de la primera página. En ese aspecto propagandístico resulta reveladora la comparación entre periódicos de las dos zonas cuando se trata de la misma noticia: cada bando daba más importancia a lo suyo y menos a lo del bando contrario.

La palabra escrita se acompañaba frecuentemente de la viñeta y de la caricatura. Por eso el mensaje no se limitó a la prensa más o menos ilustrada. El mensaje tuvo un gran desarrollo en la venta ambulante y callejera, ya fuera satírica, épica o humorística. Un gran repertorio filatélico de dibujos, de grabados, incitaban a la cooperación, familiarizaban con rostros admirados, con situaciones patéticas o guerreras y exaltaban a unos fines generosos o vibrantes. La violencia que emplearon esos hombres en sus artículos no le iba en zaga a la que usaban los combatientes en las trincheras.

Los periódicos en 1938 estaban aún más mermados en sus posibilidades. Por otra parte militarizados muchos de sus tipógrafos jóvenes, los de mayor edad hubieron de hacer frente al trabajo de todos y el resultado fue que la prensa madrileña de estos tiempos ofrece pobre presencia, poca información y, también, de paso, cada vez menos anuncios.

punto05.JPG (3724 bytes) La radio, fue el arma más eficaz de la guerra, susceptible de llegar a todos, ya que era comprendida igualmente por los cultos y por los numerosos analfabetos de entonces. Se oía en todos los hogares, tanto a los que escuchaban poniéndolo a todo volumen (para exhibir fidelidad o para disimular ideas contrarias), como donde se la oía con la cabeza metida entre mantas para evitar que su sonido llegase a la casa del vecino, y así pudiera denunciar al radioyente furtivo.

En realidad la denuncia era el único medio que podía valerse la policía respectiva para proceder contra alguien que se declarase así como enemigo del gobierno respectivo, ya que los ineficaces medios técnicos de entonces impedían comprobar desde la calle si alguien sintonizaba emisoras prohibidas.

El humor madrileño encontró para la emisora pirata el nombre idóneo: Radio Hostia, estaba instalada y oculta en una dependencia perdida, destinada a archivar viejísimos papeles en el Ministerio de la Guerra, y los responsables correspondientes del Ministerio permanecían totalmente ajenos a la situación.

punto05.JPG (3724 bytes) Cine. Las carteleras de espectáculos a finales de diciembre de 1936 estaban abarrotadas. En el Actualidades, Entrenamientos (deportiva), Terceto Indeseable (cultural), El Inocentón (cómica), Bailando en la luna (dibujos), y el documental de guerra titulado Defensa de Madrid.

En el Cinema de Bilbao, dos películas rusas: Gran Experimento y Pasaremos; en el Capitol "Las tres amigas" (rusa); el mismo programa en El Monumental; en el Rialto, "Morena Clara", con Imperio Argentina y Miguel Ligero. En el Tivoli, "Charlot bombero" y "Rusia, revista 1940"; en el Palacio de la Música, "Tempestad sobre México" y "Pasaremos"; en el Salamanca, "Los marinos de Cronstadt" (rusa); en el Goya "La patria os llama" (rusa); en el Gimeno, "Charlot" y "El expreso azul"; en el Royalti, "Gran Experimento" y "Pasaremos", las dos rusas.

Cines controlados por la C.N.T.: en el Avenida, "Mares de China" y "Castilla Libertaria"; en el Figaro, "Sombras del pasado" y "Ayer"; en el Progreso, "Vivamos hoy"; en el San Carlos, "El sobre lacrado"; en el Chamberí, "Alma de centauro" y "Hombres del mañana"; en el Encomienda, "¿Por qué trabajar?" (Stan Lauren y Oliver Hardy) y "El vagón de la muerte"; en el Olimpia, "El enemigo público número uno".

El cine americano, fuera comedia o drama, seguía siendo el de mayor presencia en unos programas, a los que la falta de nuevo material obligaba a reponer con reiteración. La admiración de las gentes se seguía profesando a los grandes ídolos de la preguerra, pero en aquellos momentos se polarizaba hacia aquellos actores y actrices de Hollywood que habían manifestado en actos y en donativos su simpatía por la causa republicana, entre los que se hallaban Franchot Tone, Bette Davis, Silvia Sidney, Joan Crawford, Robert Montgomery, Errol Flynn. El cine hispano ejercía su mayor atractivo sobre las capas rurales y proletarias. El doblaje aún no se había impuesto y, para los que no sabían leer, los diálogos en castellano eximían de la lectura de los subtítulos. Como además nuestro cine solía ser folclórico, lo pegadizo de sus canciones era clara razón de su éxito.

En Madrid, el público estaba compuesto en gran parte por gente de la tropa, de la mucha que guarnecía el cercanísimo frente, y aprovechaban cualquier descanso para divertirse. Aparte de la exhibición de largometrajes, se pasaban también los cortos y los noticiarios.

La producción cinematográfica en Madrid se resumía casi absolutamente a documentales, la mayoría de ellos de propaganda política o militar, en 1938. Se proyectaba en un cine a Durruti, con "La revolución en Madrid", documental de las jornadas de julio comentado por Francisco Ramos de Castro.

punto05.JPG (3724 bytes) Teatros. Un público entusiasta llenaba los teatros; si unos se inclinaban por la prosa, llevados por un interés cultural de nuevo cuño, otros preferían contemplar generosas bellezas acompañadas por la gracia de Rafael Arcos o de Castrito. Las carteleras de los teatros madrileños presentaban curiosas novedades; dieciocho eran los teatros que funcionaban, como ejemplos: Teatro Fuencarral, "La Chulapona" y "La del manojo de rosas"; El Alkazo, "Tú gitano, yo gitana"; El Español, "Mariana Pineda" de García Lorca. Principalmente el teatro se dedicó a obras de García Lorca y a Francisco Ascaso. En los teatros actuaban Valeriano León y Aurora Redondo, y los madrileñísimos Loreto y Chicote.

El día 22 de agosto de 1938 se celebró en el Teatro de la Zarzuela un homenaje popular a Benavente y a los Quintero: Se presentaron "Los intereses creados" y "La Patria Chica", intervinieron Carola Fernán-Gomez, Matilde Vazquez, Emilio Thuiller, Carlos Fufart, Juan Espantaleón, Manuel París y José María Granada.

Se organizó un homenaje a la actriz Margarita Xirgu, identificada con los ideales del Gobierno. Se representa "Tierra Baja" de Guimera. A finales de 1938 seguían abiertos en Madrid diecisiete teatros. Destacaba la formidable campaña del Español, que representó, entre otras, las siguientes obras: "Yerma", "Fuenteovejuna", "Juan José", "El alcalde de Zalamea" y "Pueblo de las mujeres". Casi todos los teatros registraban llenos casi a diario.

punto05.JPG (3724 bytes) Toros. En la parte republicana aunque seguían viviendo toreros y algunos incluso luchaban en el frente, la fiesta de los toros se hallaba en declive, no estaban demasiado de acuerdo los nuevos aires modernos de la República con el sentido de la lidia taurina.

punto05.JPG (3724 bytes) Locales de diversión, tales como "cabarets" y cafés de camareras permanecieron abiertos, aunque algunas autoridades locales se apresuraron a decretar el cierre, pero los más hicieron la vista gorda. Parece que el consejo era divertirse discretamente.

La escasez de energía eléctrica adelantaba las horas de cierre de cafés y espectáculos. Los servicios de tranvías paraban su funcionamiento.

LA FAMILIA, EL MATRIMONIO Y LA VIDA SEXUAL

La guerra separó a las familias españolas porque al estallar en verano pilló a muchos de sus integrantes separados unos de otros y en muchos de los casos lucharon unos contra otros. En Madrid fueron muchas las familias que tuvieron que ser evacuadas y muchos los casos de familias que tuvieron que separarse mandando a sus hijos al extranjero ante el temor de la guerra: era una separación momentánea, por unos meses, y se alargó a casi toda una vida, fueron los llamados "niños de la guerra".

Respecto al matrimonio en la España Nacional, el único rito válido para el vínculo era el religioso, que tenía valor civil tras la firma consiguiente. En la zona republicana, las normas eran muy diferentes. Los matrimonios celebrados ante un organismo político o sindical desde el principio de la guerra eran totalmente válidos. Igualmente, tenían efectos civiles para los cónyuges los que se celebraban aunque no estuviese presente el juez popular o su delegado, quien, en adelante, era el que podía certificar el matrimonio siempre que se inscribiesen luego en el Registro Civil. Los simples trámites que se exigían todavía les parecían excesivos a algunos grupos anarquistas.

En cuanto a la vida sexual, parece que la situación estaba claramente definida. Por un lado, la izquierda partidaria del amor libre; por el otro, la derecha defensora de la pureza femenina y del santo matrimonio como único camino para llegar a la relación sexual entre hombre y mujer.

Pero en realidad la diferencia no era tan clara y existían muchos matices. Así en la zona republicana, los anarquistas veían la sexualidad de otra manera, eran los naturistas. Sin embargo decidieron el cierre de los prostíbulos porque allí las mujeres eran esclavas del sistema burgués y se intentó acabar con ello, aunque no tuviera demasiado éxito.

Incluso la Iglesia apoyaba la existencia de estos prostíbulos porque era mejor que los hombres pecaran con mujeres que ya habían perdido su moral y su honra que perdieran a la novia con la que iban a casarse. Desde el punto de vista de la Iglesia esto era menos malo porque cada vez que un hombre tenía contactos con una prostituta se salvaba la virtud de una muchacha que así podía llegar virgen al matrimonio como era su obligación.

FIN DE LA GUERRA

En Madrid la conmoción por la entrada de Franco en la ciudad fue inmensa. Las gentes sintieron el desplome total de todo, de su esfuerzo por acabar con honor, de su anhelo de obtener una tregua que autorizara la salvación.

Un enorme numero de población, percatándose del peligro, emprendieron una marcha desesperada hacia Levante. Y muchos otros se exiliaron hasta que cambió el régimen español y pudieron regresar al país libre y democrático que ellos anhelaban.

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BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

punto05.JPG (3724 bytes) ABELLA, Rafael: La vida cotidiana durante la guerra civil,1º vol. (España Nacional), 2 vol. (España Republicana), Barcelona, Editorial Planeta, 1973.

punto05.JPG (3724 bytes) ALCALDE, Carmen: La mujer en la guerra civil española, Madrid, 1976.

punto05.JPG (3724 bytes) CARR, Raymond: Imágenes de la guerra civil española, Barcelona, Editorial Edhasa, 1986.

punto05.JPG (3724 bytes) COLODNY, Robert, G.: El asedio de Madrid, Madrid, Editorial Ruedo Ibérico, 1970.

punto05.JPG (3724 bytes) DIAZ PLAJA, Fernando: La vida cotidiana en la España de la guerra civil, Madrid, 1994.

punto05.JPG (3724 bytes) ESCOLAR SOBRINO, Hipólito: La cultura durante la guerra civil, Editorial Alhambra, Madrid, 1987.

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punto05.JPG (3724 bytes) THOMAS, Hugh (ed): La guerra civil española, 5, 6 y 7 vols. Madrid, Ediciones Urbión, 1979.

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punto05.JPG (3724 bytes) VV.AA.: La guerra civil 2 vols. Madrid, Editorial Historia 16, 1986.

 

 BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

punto05.JPG (3724 bytes) ALBALA, Alfonso: Los días del odio: novela, Madrid, Editorial Guadarrama, 1969.

punto05.JPG (3724 bytes) AROSTEGUI, Julio (ed): Historia y memoria de la guerra civil, Junta de Castilla y León, 1988.

punto05.JPG (3724 bytes) BAREA, Arturo: La forja de un rebelde, Madrid, 1984.

punto05.JPG (3724 bytes) BIBLIOTECA NACIONAL Catálogo de carteles de la República y la Guerra Civil española en la Biblioteca Nacional, Madrid, 1990

punto05.JPG (3724 bytes) BORRÁS, Tomás: Madrid teñido de rojo, Madrid, Ediciones Sección de Cultura, 1962.

punto05.JPG (3724 bytes) CARDONA, Gabriel: La batalla de Madrid: noviembre 1936-julio 1937, Madrid, 1938.

punto05.JPG (3724 bytes) DELANO, L.Enrique: 4 meses de guerra civil en Madrid, Madrid, Editorial Panorama, 1937.

punto05.JPG (3724 bytes) DIAZ PLAJA, Fernando: La España política del s.XX en fotografías y documentos, Madrid, 1972.

punto05.JPG (3724 bytes) FOLGUERA, Pilar: Vida cotidiana en Madrid. El primer tercio de siglo a través de las fuentes orales, 1987.

punto05.JPG (3724 bytes) VAZQUEZ, Matilde: La guerra civil en Madrid, Madrid, Ediciones Giner, 1978.

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